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Como un centinela...
Simeón era un anciano, era
casi el paradigma del verdadero anciano que vive en la esperanza, escribe
Fulton Sheen.
Era como un centinela al que Dios hubiera enviado
para vigilar la aparición de la luz. No era como el anciano del que nos
habla Horacio: no miraba hacia atrás, sino hacia adelante y no sólo
hacia el futuro de su propio pueblo, sino al futuro de todos los
gentiles, de todas las tribus y naciones de la tierra. Un anciano que, en
el ocaso de su vida, hablaba de la promesa de un nuevo día. No hay,
desgraciadamente, muchos ancianos así. Los más se jubilan de la vida
mucho antes de que les jubilen de sus empleos. Otros, cuando les jubila
la sociedad, se arrinconan en el resentimiento y la amargura y se dedican
a no dejar vivir a un mundo que no les permite seguir siendo los amos.
Pero hay también ancianos en los que la alegría se enciende al final de
su vida como una estrella. Hemos tenido la fortuna de conocer algunos de
estos grandes, magníficos ancianos. un Juan XXIII, un san Juan Pablo II,
que se «encendieron» cuando la vida parecía que había concluido para ellos,
podrían ser una especie de Simeón modernos.
Fr. Martín
Descalzo
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